Familias colaboradoras: apoyo y estímulo vital para menores en desamparo

 Autor: José María Sánchez Navarro

 Fri, 14 Aug 2009 14:49:00 CAMINEO.INFO.-

 La situación en España de los menores tutelados por las administraciones autonómicas es bastante singular, y es motivo de estudio y debate para intentar alcanzar el objetivo común más deseable: ningún menor sin familia.

Pocas familias disponibles y muchos niños y niñas esperando apoyo familiar

Hablar de cifras a nivel nacional es difícil, ya que la protección a la infancia está transferida a las comunidades autónomas. Sin embargo, de norte a sur de nuestro territorio se percibe una misma realidad: hay miles de niños y adolescentes acogidos en centros públicos o concertados a la espera de una familia adecuada a sus necesidades que quizás nunca llegará. Los datos de 2006 ascendían a 11.000 niños internados en residencias, mientras que otros 3400 habían logrado una familia de acogida.

De estos menores, hay un número reducido de casos que tengan propuesta de adopción, ya que como principio general, se trata de esperar a que la situación de la familia biológica mejore para proceder a un reagrupamiento familiar. El asunto es aún más complejo cuando se trata grupos de hermanos, lo cual dificulta su asignación.

Por otro lado, entre los niños que esperan ser adoptados, hay discapacitados físicos o psíquicos, niños mayores, de otras razas, etc., que por desgracia, tienen complicado encontrar familias dispuestas a asumir dichas dificultades.

Las situaciones de desamparo que sufren estos menores son muy diferentes: marginalidad, absentismo escolar, negligencia en los cuidados, abusos y maltrato. De ello se derivan las numerosas modalidades de atención que se les ofrece: acogimiento residencial hasta los 18 años (en casos en que resulta difícil la integración en una nueva familia), hogares para niños mayores de 18 años, acogimiento familiar (que puede ser simple, de urgencia, permanente o preadoptivo) y adopción. Cuando se produce la situación de desamparo, se busca el acogimiento en la familia extensa (abuelos, tíos, hermanos emancipados, etc.) y si no es posible, se buscan familias ajenas.

La complejidad de un sistema enfocado claramente al “bien del menor” asociado al principio de “deseable reagrupamiento familiar”, hace que el perfil de las familias más capacitadas para el acogimiento sea de parejas con hijos, con habilidades educativas, con capacidad de sobreponerse a las dificultades que surjan en estos procesos y sin grandes expectativas (llegar a la adopción plena, por ejemplo). El acogimiento es un servicio social donde se ejerce una paternidad parcial concebida como “ayuda a los padres biológicos”, nunca como sustitución de éstos.

En la adopción, en cambio, confluye el interés del menor con el deseo legítimo de los cónyuges a ser padres. La situación en España es muy limitada en este campo, de modo que muchos padres acuden a la adopción internacional, donde la mayoría de los menores son huérfanos o niños abandonados, y por tanto, la familia biológica se desconoce. Sin embargo, la paternidad plena no garantiza vivir sin situaciones de sufrimiento durante el proceso: algunos vienen enfermos, con serios problemas de adaptación, etc.

El acogimiento familiar como objetivo, víctima del sistema.

Aunque las administraciones autonómicas hacen campañas para promover el acogimiento, la realidad es que muchas parejas desisten ante la complejidad del proceso y las dificultades que puedan surgir en el futuro. En España tanto el sistema de garantías, como los procedimientos, el papel de los jueces, etc. están enfocados al bien de los menores, que pasa por mantener, si es posible, el vínculo con la familia biológica (o parte de ella). Este contexto normativo provoca situaciones (no tan frecuentes, pero sonoras), que aparecen en los medios de comunicación y hacen desistir a muchas familias: por ejemplo, niños adaptados durante años a sus padres de acogida, que eran devueltos de forma desgarradora a los padres biológicos.

Como consecuencia, con el positivo apelativo de “bien del menor”, se ocultan errores y dificultades del sistema, que impiden que haya un número de familias suficientes para atender a tantos niños en desamparo. De esta forma, pasan varios años de su vida en las residencias sin garantías de encontrar salida a su situación.

¿Soluciones?

 Se habla, por un lado, de limitar el papel de los padres biológicos en estos procesos, con unos plazos más reducidos para intervenir, permitiendo así menos “sorpresas” en procesos de adaptación muy consolidados (acogimientos preadoptivos, por ejemplo).

Por otro lado, surge la figura de la “familia profesionalizada”, cuyo trabajo (bien remunerado) sería atender específicamente estas situaciones, como se hace en algunos países de Europa. Una experiencia piloto que se va a iniciar en España, aunque tardarán en valorarse los resultados.

Finalmente, la realidad de tantos niños internados en centros de acogida, ha movido a las administraciones autonómicas a invertir en los hogares y las residencias, tanto en personal como en medios, así como en los programas de atención a estos menores. Se intentan cubrir carencias educativas y afectivas, y ofrecer actividades atractivas de ocio.

El papel de las “familias colaboradoras”, una salida al problema.

Aunque el acogimiento residencial ha mejorado bastante, no cabe duda que el lugar ideal para un niño es la integración en una familia. Mientras llega esa posibilidad, existe una modalidad de acogimiento parcial similar a la que se realiza en España con niños bielorrusos o saharauis durante las vacaciones veraniegas.

Las “familias colaboradoras” se comprometen a sacar a los menores de los centros de acogida en la medida de sus posibilidades: una vez a la semana, a la quincena, al mes, durante fines de semana, durante las vacaciones, etc.

Se trata de que los niños tengan un referente familiar “normalizado” diferente a las experiencias vividas en el pasado. En estas salidas se les ofrece atención, cariño, integración en la familia y ratos de diversión.

 Es una modalidad en la que el menor cuenta, tanto con los recursos del hogar de acogida (educadores, psicólogo, actividades formativas, etc.), como con una familia de referencia, de modo que la situación es bastante más enriquecedora mientras llega una solución definitiva.

Por otro lado, esta experiencia permite a algunas parejas dar un paso más y ofrecerse con el tiempo como familias de acogida. No cabe duda de que el contacto humano con los niños de estas residencias “sensibiliza” a las familias que descubren una realidad muy diferente a la que imaginaban.

 El compromiso es realmente pequeño, en comparación con el bien que se hace a estos pequeños. Ya sea por motivos éticos, solidarios o religiosos, se contribuye a la reconstrucción de estas pequeñas personas, que presentan carencias muy importantes para madurar y crecer con normalidad.

¿Dónde acudir?

Las administraciones autonómicas tienen información precisa sobre esta modalidad, aunque también es posible acercarse a los centros de acogida (si se conoce alguno) y consultar a los técnicos de la administración que hay en ellos.

 

noticia: elcamineoimfo

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