El reverso amargo del amor

Recoges un bebé con días y lo entregas con tres años y medio para no volver a verlo nunca más. ¿Existe alguien preparado para eso? Las familias piden que se evite

Autor:
Jorge Casanova
Fecha de publicación:
31/1/2010

Patricia, su marido, el hijo pequeño de ambos y el pequeño Brais, en su domicilio de Vigo Autor de la imagen: | ÓSCAR VÁZQUEZ

El aire sopla duro en una de las playas de Vilanova de Arousa. Una joven de 23 años atiende el bar en un cámping que hiberna desangelado en pleno invierno. Llegó allí con 15 años, desubicada, sola. Y nunca más se fue. Cuando tenía 16, un año después de haberse dejado acoger por Aldo y Esther, un juez le preguntó por su futuro. Su padre biológico la reclamaba. «No tuve ninguna duda», recuerda ahora. Aldo y Esther no son sus padres. Ellos ya tienen a dos mocetones de 30 y 26. Hasta dos nietos que corretean por el bar. Así que en el cámping, ni durante el más crudo invierno, falta la chiquillería. Y sin embargo, parece que ninguno se haya podido sacudirse la sombra del pequeño Álex, un nombre ficticio para un bebé que llegó con cinco meses y principios de raquitismo y que se fue este verano con el corazón de toda la familia.
Hace ocho años que en esa casa entran y salen niños. Casi siempre bebés, muchas veces problemáticos, con síndrome de abstinencia. Despiertan y quieren leche con heroína. «Hubo uno que lloraba tan fuerte que parecía que iba a levantar el tejado», recuerda Aldo. Pero Álex… Durante tres años largos, el pequeño se recuperó, creció y absorbió su primera cosmovisión desde esa playa de Vilanova y desde el cariño de una familia larga y diversa de la que él era el epicentro. Y este verano, se fue: «É moi duro. Pense que ensinas ao neno a tomar o biberón, a camiñar, a falar…». El discurso de Esther se entrecorta a medida que la evocación del pequeño se hace más intensa y los ojos se le encharcan.
Aldo retoma la charla sobre la experiencia de las acogidas, los niños que pasaron antes y después de Álex, que indefectiblemente se convierte en el principio y final de todas las conversaciones: «Tiña un talento especial para a música. Comprámoslle unha batería e, cando o vía tocar, era como si me vira a min de pequeno. Parecía que fose seu pai». Ni Aldo ni Esther se engañaron nunca. Han visto entrar y salir de su casa demasiados niños como para eso. Pero Álex fue algo especial, una prueba insuperable. Nadie hubiera podido resistirlo. Nadie capaz de dar cariño.
El niño del Iphone
Por un cálido dúplex de Vigo se mueve esa misma tarde otro chaval especial con nombre inventado, Brais, por ejemplo. Tiene tres años y pico y va como Pedro por su casa con un Iphone en la mano y unos gusanitos en la otra. Habla con dos de sus tres hermanos mayores, que no son sus hermanos biológicos, pero que lo llaman a menudo, porque en esa casa nadie podría ya vivir sin Brais.
Aterrizó con unos días, vía acogimiento de urgencia. Ya entonces se sabía que tenía un serio problema en la cavidad craneal que exigía una intervención quirúrgica compleja para adaptar la caja al crecimiento del cerebro. Un sinvivir hasta que, con cuatro meses pudo entrar y salir del quirófano. Nada de eso es ahora perceptible a simple vista. Patricia, la madre acogedora de Brais, acaba mostrando el costurón tras remover el intenso pelo negro del chaval, que sigue a lo suyo.
¿Cuál es el futuro de Brais? Pese a que Patricia es una veterana del acogimiento y tiene el comedor de su casa repleto de fotos de niños que entraron y salieron, ella tampoco quiere imaginarse el día que la autoridad le pida que entregue al niño. Algo que podría ocurrir en cualquier momento. «No es normal que ocurran estos casos. Si lo que prima es el interés del menor, yo estoy segura de que otro cambio de familia cuando el niño ya tiene más de tres años, es algo que le va a quedar para toda la vida».
Pese al intenso dolor que sufre la familia de Vilanova y el que a veces barrunta la de Vigo, en ambos casos las quejas son pequeñas, de baja intensidad, solapadas por una amenaza mayor que nadie quiere imaginar: el fin del ciclo, la extinción del carrusel de niños desamparados que llegan pálidos y sin futuro y salen sonrosados y con el zurrón lleno de oportunidades. Quien vive la experiencia, solo piensa en repetirla. Una y otra vez. Son yonquis, adictos a ese momento de dulcísima recompensa, pese a que alguna vez tengan que vivir un mal viaje, el reverso del amor: la pérdida.
La última vuelta
En algún lugar del cámping de Vilanova duerme la bici que Álex nunca llegó a usar. Se la regalaron, pero el chaval prefirió la batería. El día que lo vinieron a recoger para entregarlo en adopción a otra familia, el rapaz se animó con la bici mientras los adultos hablaban: «Colleu outra, dun cliente, e comezou a dar voltas, como se estivese despedindose do cámping. Non había quen o fixera baixar», recuerda Aldo. Y eso que fue muy desagradable. A Esther no se le olvida: «Nos tres anos, nunca chamaron da Xunta para preguntar polo neno. E o día que viñeron, cando chamoume ‘mamá’, dixéronme que como era iso, que eu tiña que haberlle explicado que nós non eramos seus pais. ¿Como lle vas dicir iso a un neno tan pequeno?».
Volvemos a Vigo, con Patricia: «Cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, yo siempre respondía lo mismo: quiero ser madre». Repasa los acogimientos de estos últimos años, como se inició cuando sus tres hijos empezaron a ser mayores y ella decidió darle más a los nuevos bebés que a su carrera profesional: «Con los ocho mantengo el contacto», dice con orgullo mientras enseña algunos de los retratos que lucen por el comedor. «El otro día fui al cumpleaños de este». La mayoría de ellos fueron adoptados unos meses después de que salieran de su casa y sus nuevos padres quisieron que el niño mantuviera algún contacto con la familia que le mantuvo vivo durante sus primeras semanas.
Y Patricia se lo curra. Documenta por escrito y fotográficamente cada evolución del bebé, minuciosa, casi diariamente. Y lo incluye en la maleta el día que vienen a por él. Mientras me lo cuenta, surge un estruendo en la cocina. Sale como un cohete voceando el nombre del niño y regresa al poco: «No ha sido nada».
Ella no lo quiere pensar, pero yo no puedo evitarlo. Si a ese niño se lo llevan, a esa familia la matan.

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Una respuesta a El reverso amargo del amor

  1. familiasdeacollida dijo:

    El problema principal de los acogimientos es la valoración inicial. No hemos dedicado el tiempo y los recursos necesarios a esta cuestión. Es muy difícil hacer una valoración y pronosticar si realmente esta familia tiene o no condiciones para ser recuperable, pero si creemos que no hay familias que tienen estas posibilidades de recuperación, quitemos todas las alternativas, el acogimiento simple, etcétera, y pongamos solamente la adopción. Si pensamos que no hemos de quitar los centros, estos centros se tienen que ir transformando y poco a poco presentando alternativas que respondan más a unos principios de normalización y de individualización; seguramente necesitaremos los centros, pero para un tipología de niños muy especiales y para unos casos muy especiales. Cuantas más alternativas tengamos, mejor podremos responder a las necesidades de los menores. Si hace un tiempo solamente teníamos la adopción de niños pequeños y la macroinstitución, teníamos dos alternativas. Si ahora tenemos cuatro modalidades de acogimiento o tenemos ocho modalidades técnicas, y cada una de ellas tiene su perfil, pues mucho mejor, pero lo suyo es que técnicamente hagamos una valoración con todas las limitaciones que tenemos de equipos, es decir, de saber qué equipos tendrían que actuar.”

    Año 2009 IX Legislatura Comisiones. Núm. 220
    COMISIÓN ESPECIAL DE ESTUDIO DE LA PROBLEMÁTICA DE LA ADOPCIÓN NACIONAL Y OTROS TEMAS AFINES
    PRESIDENCIA DE LA EXCMA. SRA. D.ª MARÍA TERESA DEL CARMEN CAMACHO VÁZQUEZ
    celebrada el jueves,
    22 de octubre de 2009

    – Del Catedrático de Pedagogía de la Universidad de Barcelona (UB), D. Pere Amorós Martí.

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