Donde caben tres, caben seis

ISABEL Y JUAN, FAMILIA ACOGEDORA

Autor:
J. C.
Fecha de publicación:
1/2/2010

Isabel y sus niños, en las escaleras de su casaAutor de la imagen: | VÍTOR MEJUTO

A media tarde, la casa de Isabel y Juan es un lío controlado en el que chavales de todas la edades entran y salen, juegan a la Wii, se cuentan cosas… Junto a la puerta se apila una muralla de mochilas que da idea de lo que hay en casa. Niños. Por un tubo. Isabel y Juan tienen tres de 10, 12 y 13 años. Y desde hace unos meses, allí están acogidos también otros tres hermanos de 12, 11 y 3. Esa tarde, de propina, está otra chica uruguaya pasando unos días. Tres hermanos de golpe en casa: «¿Y cómo vas a decir que no? -reflexiona Isabel-, ¿cómo voy yo a decidir sobre su futuro diciendo que no?».
Niños con uniforme y sin él: «Van todos al mismo colegio», educación diferenciada, colegios caros, facturas multiplicadas por dos: «Aquí todo el mundo sabe cómo son las cosas. Cuando hay, hay. Y cuando no, comemos una tortilla». Isabel y Juan llevan ya muchos años en la rueda del acogimiento. Exponen el discurso común: la pulsión del compromiso, el calor de la recompensa: «Muchas veces te conviertes incluso en referencia para la propia familia biológica».
Entrar y salir
Y, mientras tanto, su vida se ha convertido en una enorme familia con miembros que entran y salen. Sus tres hijos biológicos se han criado en esa dinámica a la que no ven ya nada de particular: «Cada vez que se ha planteado un acogimiento nos hemos reunido todos y hemos hablado antes de decidir», explica Isabel, en cuya casa los coches se han duplicado y sus viajes de vacaciones han desaparecido: «Cómo máximo salimos algún fin de semana».
Isabel intuye que este último acogimiento podría convertirse en definitivo. Si los niños no pueden volver con sus padres, la posibilidad de que fueran adoptados por una misma familia sería remotísima. Así que la algarabía de esa casa se mantendrá por mucho tiempo. «Hemos tenido mucha suerte», dice ahora la mayor de los hermanos acogidos tras vivir dos años en un centro de menores. Al principio las cosas no fueron fáciles, admiten acogedora y acogida, y el camino pendiente todavía es largo. Al chaval mediano todavía se le nota la mirada retadora. Pero se aprecia en todos la confianza en el futuro. Hasta en la pequeñita, que nos escucha sin entender muy bien lo que hablamos y sin saber lo distintas que podían haber sido las cosas.

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