La falta de familias de acogida obliga a la Xunta a internar a 86 menores de seis años

Galicia carece de voluntarios suficientes para evitar que algunos niños tutelados por Benestar residan en centros públicos E El coste de una plaza triplica a la paga que se da a las familias

DANIEL DOMÍNGUEZ SANTIAGO Maltrato, encarcelamiento, drogadicción o pobreza extrema de los padres han dejado en manos de la Xunta la tutela de 335 menores de seis años. Aunque ésta apuesta por cuidarlos en un entorno lo más normalizado posible a través del programa de acogimiento familiar, la falta de voluntarios obliga a que 86 de ellos vivan y duerman cada noche en un centro de internamiento.

Los menores dependen de la Administración mientras su familia biológica no puede hacerse cargo de ellos o, descartada esta posibilidad, entran en el proceso de adopción. Los expertos sostienen que vivir en un entorno familiar de acogida minimiza los efectos de esta situación sobre el carácter del niño. Tras escuchar a cuarenta voces autorizadas, el Senado votará mañana las conclusiones de la comisión para sentar las bases de la nueva Ley de Adopción Nacional y Acogimiento Familiar, que propone prohibir que los menores de 6 años sean derivados a un centro, algo que afecta a unos 10.000 niños en toda España.

Aplicar este principio en Galicia sería imposible en estos momentos. A pesar de que el programa de acogimiento familiar cuenta con 272 familias inscritas, tan sólo están cuidando niños 107. “Ellas establecen su disponibilidad y limitan la acogida a un período de tiempo o a un niño de una edad determinada”, explican desde la Consellería de Traballo e Benestar, que ha encargado la gestión del programa a Cruz Roja. “Vivir con una familia palía la situación anormal del niño, es importante que el Senado marque esta tendencia”, indica Mónica Castelao, coordinadora de esta organización.

En la actualidad, 75 familias se han dado de baja temporalmente y otras 90 esperan un menor que se adapte a sus condiciones. “Son insuficientes y cada una de ellas condiciona su disponibilidad. No es lo mismo hacerse cargo de un bebé, que requiere cuidados las 24 horas, que de un niño de 12 años”, explica Castelao.

Ésta es la clave de la propuesta del Senado. Para poder hacer frente al nuevo modelo, “se necesitaría un banco de familias con dispersión geográfica porque intentamos que, si el niño está escolarizado, localizar una familia en el mismo núcleo donde estudia”, añade. “Por ello, la Administración debe implicarse más y motivar a la población”, añade Margarita Pérez, senadora del PSOE, grupo impulsor de la propuesta. En esa línea, Benestar prepara una campaña de captación, si bien el BNG denuncia el recorte de los fondos para acogimiento familiar, que pasa de los 397.000 euros de este año a los 146.000 del próximo.

La propuesta tiene también un perfil económico, pues sustituir los centros por el acogimiento familiar supondría un alivio para su bolsillo. “El precio de una plaza residencial para menores de 6 años oscila entre los 1.440 y los 1.884 euros mensuales”, apuntan fuentes del servicio de menores de Benestar. La ayuda para una familia de acogida depende de la edad del niño: 600 euros para menores de un año; 400 entre 1 y 3; y 240 entre 3 y 6. En caso de características especiales puede alcanzar un máximo de 1.000.

“Apostamos por un modelo anglosajón. En países del norte de Europa el 30% de niños está institucionalizado frente algunas comunidades donde el porcentaje es del 80%”, argumenta Margarita Pérez. En el Reino Unido, por ejemplo, el modelo apuesta por la profesionalización de estas familias, que cobran una cantidad por cada menor acogido, lo que constituye en algunos casos su única fuente de ingresos. “En España el concepto de familia es diferente y se trata de fomentar los acogimientos en familia extensa -tíos, abuelos…-“, indican desde el departamento dirigido por Beatriz Mato.

La Administración gallega se mantiene expectante. De momento, prima el acogimiento familiar, pero tiene que seguir viendo cómo 86 menores de seis años siguen en los centros Emilio Romay de A Coruña y las minirresidencias Fogar Madre Encarnación, de Lugo, y Primeira Infancia, de Ourense.

Pese a todo, el reto de la administración sigue siendo que estos menores regresen con su familia biológica después de que ésta logre solucionar la situación que le impedía hacerse cargo del pequeño y que llevó a que la Xunta tuviese que hacerse cargo de su tutela.

Adoptar es posible es el lema de la Fundación Apoio á Infancia e ó Benestar (Faiben), que podría añadir a la frase “…pero es difícil”. Faiben se encarga en Galicia de gestionar las denominadas “adopciones especiales”, aquellas que incluyen a adolescentes, discapacitados, enfermos crónicos o grupos de hermanos.

La mayor parte de familias gallegas desean adoptar a un niño menor de tres años para verlo crecer, lo que deja en una situación delicada a este colectivo “especial”. En estos momentos diecisiete niños aguardan una familia adoptante internados en un centro de la Administración gallega. En caso de no lograr una familia, cuando cumplan la mayoría de edad tendrán que buscarse la vida solos. “Tenemos que sacarlos de los centros antes porque si no acaban mal, pero una adopción de este tipo es complicada”, cuenta Ángel Martínez, director de Faiben.

Las buenas intenciones chocan con la realidad y Martínez reconoce que no son pocas las familias que se echan para atrás cuando se les plantea la posibilidad de un adolescente o de un discapacitado psíquico como Toño, un joven de 20 años cuyo intento de adopción fracasó y que ahora vive sólo mientras busca trabajo. Los fracasos suponen duros golpes. “Todos los procesos empiezan con la mejor de las intenciones, pero a veces se pasan momentos dolorosos, se culpan entre la pareja de que no haya salido bien o nos culpan a nosotros porque el chaval es conflictivo y acaban renunciando a él”, cuenta el responsable de Faiben.

En los cuatro últimos años 35 familias iniciaron los trámites para llevar a cabo una adopción especial, pero sólo llegaron a buen puerto 18 casos. La paciencia resulta clave para proporcionar una salida a los niños. Nacho adoptó a un adolescente y pasó algunos problemas al principio porque el chico era conflictivo. Aún así está orgulloso de él. “¿Has visto la película La Buena Estrella? Pues esto es igual. Si durante toda la infancia estos niños viven en centros de menores a los 18 saldrán a la calle y serán carne de cañón, como el personaje de Jordi Mollá”, indica.

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