Del cole al centro y de allí a casa. Atención de día, una alternativa creciente

Autor: j. casanova
Localidad:
burela / la voz
Fecha de publicación: 23/10/2011 –

Mesa para cinco en el hogar San Aníbal, de Burela. Lentejas y merluza en salsa verde compartidas por C., H., L., Martina y yo. C., mirada pícara e incipiente bigotillo adolescente, anda en segundo de la ESO. H., centrocampista infantil que suma con placer las estrellas que le ponen en la edición local de La Voz cada vez que juega un partido, acabará este curso la primaria. Es morenito («No me gusta que me llamen negro») y por la seguridad de su discurso cualquiera diría que lo sabe todo. L., discreta, silenciosa, es capaz de abrir la sonrisa más hermosa del mundo, aunque aún no la haya visto.
Martina es la directora del centro, una monja habladora, alegre y aprensiva como una madre: se levanta cada dos por tres a hacer algo en la cocina o en las otras mesas, todas llenas de menores. En una de estas, le pregunto a los chavales si saben por qué están allí; en ese comedor, en ese centro. C. y H. asienten y se enredan en una pequeña ensalada de fechorías de la que C. sale vencedor. ¿Y L.? L. cabecea y responde que no, que no sabe la razón. Pero me está mintiendo, claro. Todos saben por qué están allí, bajo la protección de la Administración, que les procura una ayuda que sus padres, por razones muy diversas, no han sabido o no han podido darles. Por la mañana van el cole; por la tarde, al centro; por la noche a casa. A lo mejor L., que escucha boquiabierta a C. explicar cómo se escapó de casa con cuatro años, dice que no lo sabe porque no tiene hazañas que contar. Lo suyo ha sido encajar. No sabe dar. Cuando ella me miente mirando al plato yo ya sé que su mamá se fue cuando ella apenas tenía tres años y su hermano era un bebé; que su papá, con una enfermedad mental, trabaja todo el día; que su abuela, el motor de todo, está peleando contra el mal que nadie nombra. ¿Qué ha hecho ella para estar allí?

Estación de tránsito
L. y su hermano llevan más de cuatro años formando parte del pese a todo alegre colectivo que convive en el centro San Aníbal, de Burela, uno de los recursos privados en los que se apoya la Administración para proteger a los menores. Aquí no hay residencia ni medidas legales. Todos los niños acuden porque sus padres o tutores voluntariamente los envían. En el centro hacen los deberes, aprenden a convivir, juegan, superan, o lo intentan, los déficits que han acumulado en casa. Permanecen en una estación de tránsito a la espera de que algo cambie para acceder a una normalidad permanente.

Los padres
«Foi o mellor que fixen na miña vida», dice Verónica, la madre de C. En una de las salas del centro, cómoda y acogedora, confirma alguna de las falcatruadas que su hijo ya se había arrogado durante la comida: «Facíaseme moito. Deume problemas dende moi pequeno. Pegueille tanto, que tiven que parar porque me obcecaba». Sinceridad estremecedora. Pero ahora habla desde otro sitio: «Cambiou o cen por cen». Después de peregrinar por psicólogos y probar todo lo que se le ocurría, Verónica conoció este recurso y fue derivada desde los servicios sociales del Concello a través del equipo provincial de Menores. Han pasado dos años y C. es otro. «Máis cariñoso, máis responsable. Escóitame. Falo con el, el fala comigo. Antes era un neno sen límites. Eu era un cero á esquerda. Se lle daba por tirarme un coitelo, mandábamo».

Toñita asiente. La abuela de L. Está en el sofá de al lado, a punto de contarme la extravagante historia de su nuera y las terribles consecuencias sobre sus nietos. Cuando les abandonó, a la abuela se le hizo mucho. El marido, el hijo con problemas de salud y dos pequeños, más la hermana de ambos que la madre había tenido con una pareja anterior. El centro les ha supuesto algo más que un respiro. «Por min, podían quedarse aquí ata os dezaoito anos. ¿Quen vai coidar deles na casa? Para a maior, que xa non está no centro, non hai premio máis grande que poder vir aquí a pasar unha tarde».
Ahora la abuela está preocupada porque la madre de los niños ha regresado al pueblo. Tiene otra familia; otro hijos que ha matriculado en el mismo centro al que acuden los que abandonó. La abuela no sabe cómo afrontar la situación. «Non queren falar con ela. Ata agora, era un tema tabú. Nunca se falaba dela». Pero el tabú se ha corporizado, está por el pueblo, se acerca…

Al sol
Ahora, con el bandullo lleno y hasta la hora de hacer los deberes, la chavalada aprovecha el caluroso otoño correteando por el jardín bajo la mirada de las monjas, Hijas del Divino Celo, que comparten el trabajo con jóvenes técnicos. Martina, con décadas de experiencia educativa desde la alta burguesía catalana a los niños de la calle de Guatemala, explica cómo llegaron a Burela y cómo se fueron asentando. Lleva años aquí, pero aún alucina con Galicia, su Arcadia.
Buena parte de los centros privados, que asumen en Galicia el 80 % de las plazas de protección para menores, tienen esa matriz religiosa. De momento, han salvado los muebles. La consellería les ha prometido para el próximo ejercicio el presupuesto del 2010. Una promesa pre 20-N, recuerda Jesús Iglesias, portavoz de la asociación gallega de centros concertados, que se une a la soleada charleta.
L. nos interrumpe y tira de la pobre Martina: «¡Hay que bañar a los pájaros!». Tremenda algarabía para limpiar la jaula. La pequeña L. me cuenta cómo hay que hacerlo, lo que van a hacer los dos pajaritos, lo que les gusta. Es su momento: «Lo mejor de la semana». En un par de horas regresará a su casa, con sus hermanos, su padre y sus abuelos. Hasta el lunes, que volverá al centro, el lugar de tránsito donde está viendo discurrir ese momento efímero llamado infancia.
centro concertado SAN ANÍBAL, EN BURELA
«Podían quedarse ata os 18. ¿Quen coidará deles na casa?», pregunta una abuela

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